Blog de Psicoprevención

Café Marlette

Café Marlette

París, Enero del 2019. Marlette, en aquel lugar hubo algo que yo no ví.

Enlace La historia prohibida de Marlette.

Eran tiempos de filología hispánica, textología Cervantina y sonetos que hablasen de historias de Lope de Vega…. De vez en cuando, el poder desgarrador de Quevedo. Cada tarde os juntabais en los jardines de la facultad para compartir, muchas veces en desafiantes duelos a capa y espada, cada uno de los gustos portadores de inimaginables metáforas. Tu preferido era y sigue siendo el poeta del amor por excelencia, generación del 27, Excelentísimo Señor Don Pedro Salinas Serrano. De esta forma presentabas al poeta, su obra y la que más te gustaba, “La voz a ti debida”. La harías propia viéndote a ti misma proyectada en Doña Margarita Bonmatí Botella, su amada esposa y propósito de afecto. Hacía poco tiempo que habías perdido al ser que, una noche de verano, te enseñó que la única manera de encontrar el sol era viajando en la oscuridad de la noche. En aquellos años escribirías a la vida. Encontraste en un café parisino, cerca de la facultad, tu inspiración para darle forma a una historia, como cualquier otra historia, nunca antes vivida.

El aroma del viejo café francés y tus experiencias en los últimos años, estimularía tus primeros escritos haciendo referencia a la necesidad de que el tiempo se hiciese cargo de un final. De un lugar donde no cabrían los consejos y la amistad diera paso a la confianza y esta a confidencia. Imaginabas el dolor de la tinta al tener que dar forma a los sentimientos. Imaginabas como la pluma se negaba a darle forma a las palabras, la tinta corrida lloraba desconsolada al ser esclava de una estilográfica autoritaria y con sentido del deber. Ese “deber” que manda, insiste y dictamina la búsqueda del sentido. Y de no encontrarlo en un tiempo razonable daría paso a una indefensión ante la vida. Años después, en uno de nuestros encuentros, te recordaría lo que sobre aquello decía Blaise Pascal (“todas las desdichas radican en la incapacidad de sentarse solo en una habitación”).

Marlette era tu refugio, un lugar donde tomar no sólo croissants calientes tras noches frías, sino además encontrarte con el yo que llevabas escondido contigo. En aquella época, y fundamentalmente en aquel lugar, las lágrimas que caían del cielo en las tardes de invierno eran las mismas que resbalaban por tu rostro cuando gritabas “no es lo mismo estar que sentirse sola”. Quebrantando la esperanza, la ternura y la belleza desmesurada de una piel de acero inoxidable, aquella soledad malavenida con tus sentimientos, agitaría los límites de la razón, tu cordura. Tiempo después te recordaría que cuanto más rígida pensases, más vulnerable te harías a las adversidades. Advertiste que así sucedería. Desamor tras desamor, la desdicha llamando a tu puerta acompañando a la ruptura entre lo que fuiste y creías ser, se asomaba del vacío que había en ti. Tendrían que transcurrir varios años para que nuestros encuentros darían la posibilidad a que tu sonrisa abriría la ventana de la esperanza en la que, ¿por casualidad? brillaba un arcoíris lleno de intensidad. Desde entonces, cada arco multicolor resplandeciente en el horizonte te enseñaría que la tormenta es mucho más intensa poco tiempo antes de la calma y, con ello invitarías al sol a que volviese a brillar en las diferentes etapas de tu vida. A partir de entonces y hasta nuestros días, después de cada tormenta abres la ventana de tus sentimientos, y dejas que la brisa seque los ojos en los que se descubrió lo mejor de ti.

Llevando contigo 20 años de historia, te darías cuenta que el color de la vida no dependería de los ojos con que la mirases. Sino del compromiso, control y desafío con que te levantases cada mañana. En aquel café reconocerías el aroma que impregna la estela que dejan las estrellas cuando las mirabas con tanta intensidad y firmeza, que se sentían incómodas en el lugar donde durante toda la eternidad se mantuvieron inmóviles. La luna azul de las noches de soledad te cantaría viejas melodías para transportarte a lugares donde dejar de amar sin ser amada y hacerlo armada.

Con un sentido recuerdo a todos y cada uno de nuestros encuentros, se despide atentamente.

Fco. Javier Herrán Gamarra

 

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