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La niña que vive en ti (más allá de los 40)

La niña que vive en ti (más allá de los 40)

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Aquí estamos Marlette. Tal y como me pediste: en el hipódromo de tu vida donde todo empezó. En las carreras de (hoy) Zubieta.

Hace muchos años, cuando la serenidad brillaba en tus ojos, cada vez que su oficio le permitía pasar la frontera, tu padre te traía a este lugar. Al fin y al cabo, el sur de Iparralde no quedaba lejos. Aquí empezaban tus sueños de jinete cabalgando de carrera en carrera. De esta manera soñabas vivir, entre caballos que te hiciesen cabalgar por los parajes de la vida. En cierta forma Marlette, así fue. Demasiadas noches blancas, demasiada nieve en espejos que terminaban rotos, demasiados aleteos de nariz……. Más adelante, tras el verano. Ahora no es el momento, te dije. ¡Es mi historia¡, replicaste. Silencio, firmemente concluí. (…..). Notaba la frialdad que te acompañaba por aquellos años…..Insoportable. Conociste aunque por poco tiempo, cara a cara, a la “heroína” de tantos cobardes….. Tras un silencio sumamente incómodo para los dos, la inocencia que fuiste perdiendo con el paso de los años hoy aparece en una figura esbelta, entre luces espectrales, acompañada de una mirada desafiante en unos ojos azules almendrados. Los labios acorazonados con los que sellabas los amores prohibidos por aquel entonces y tu corta melena con un flequillo en forma de media luna arenosa por la que pasearías durante las noches de verano, daban la bienvenida a una piel tan suave que el viento de esta mañana tan siquiera deslizaba por ella. Todo ello acompañó a un aire de nostalgia. El olor del perfume de Magnolia que utilizabas en tus días de gloria, hizo que este desencuentro se armonizara. Entre mucho y poco, poco y nada, giraba el cartel de las apuestas. Guardando una distancia adecuada ante el recuerdo, la primera carrera de la mañana daba comienzo.

El hipódromo perdió su esplendor cuando en una mañana de San Juan enterraste a tu madre en cal viva en tu corazón. Hace ya 35 años y el sonido de la losa cerrando el alma para siempre aún se escucha en su despedida. Tal y como me lo cuentas, sin detalles perdidos, concreto como si lo estuvieses viendo de nuevo en las calles circulares de este hipódromo de tu vida, el último desayuno podría haber sido el de Jacques Prévert: “Echó el café en la taza. Echó la leche en la taza de café. Echó azúcar en el café con leche. Con la cucharilla lo removió. Bebió el café con leche, dejó la taza y sin hablarme encendió un cigarro. Hizo aros con el humo, echó la ceniza en el cenicero. Sin hablarme, sin mirarme, se levantó. Se puso el sombrero, se puso la capa de lluvia porque llovía y se fue bajo la lluvia. Sin unas palabras, sin mirarme. Y yo tomé mi rostro entre las manos y lloré”. Esas mismas lágrimas, hoy de cristal hacían sangrar tus ojos. El desnudo de mi corazón llegó cuando me preguntaste, ¿lloro porque estoy triste o estoy triste porque lloro?. Qué difícil Marlette …………..

Pocos años después volverías adolescente a una ciudad que con el paso de los días y sobre todo de las noches te acabaría bautizando como “la Bella Easo”. Durante el día largos paseos por las tres playas que resumían tu vida. Familia, glamour y la que más te gustaba, “la salvaje”. A esta última fue a la que conocí tras un grito de auxilio, de ahogo ante la presión que produce el dolor en el alma. Una presión emocional venida de tierras francófonas, trayendo consigo la leyenda de chica mal de casa bien. Ese fue el último tango antes de que la Diosa Zurriola te sumergiera entre las olas. Un abrazo salvaje en la última galerna de tu vida hizo que conocieras la mentira en aquella habitación de hotel de cuadros descolgados. Te conocí tan muerta que el hipódromo de tu vida se convirtió en desiertos de avenidas populares que como fantasmas del ayer aparecen hoy en forma de papiroflexia emocional. Al antojo de tantos descubriste que ya no eras libre ni joven. Las cadenas se rompieron y de repente, la esclavitud del misterio de tus ojos, de tu pelo, de tus labios y de tu piel quebrantó el secreto. Quisiste enterrar tu pasado muerto, pero conmigo sólo conseguirías que éste dejase de ser inmortal para convertirse en eterno.

Me enseñaste la última carta que te escribió Sebastian, tu padre. En ella esperaba de ti que fueras la mejor persona posible, que fueras lo más feliz posible y sobre todo ayudases a alguien a serlo a tu lado. Estas palabras que hoy rezan en el hipódromo de tu vida hicieron que le considerases como santo que guardaría la bahía de tu vida. Tu madre Clarie, que por mucho que la quisiste olvidar, la hiciste guardián de tus sentimientos. A partir de hoy, tu corazón sagrado guardaría el secreto de tus sueños. Hoy Marlette daremos comienzo al primer paseo de tantos por una de las playas de tu vida; Sin forzar la armadura de la concha que te protege buscaremos juntos la perla que hay en ti.

Fco. Javier Herrán Gamarra

Imagen tomada de freeimages

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Para citar este artículo:

Herrán Gamarra, Fco. Javier. (2018, 02 Septiembre). “La niña que vive en ti”. www.psicoprevencion.com. Disponible en (02/09/2018): http://www.psicoprevencion.com/category/blog/

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