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Ondarreta. La sombra de un apellido.

Ondarreta. La sombra de un apellido.

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“Cuídate. Yo aquí estaré bien”……. Y la luz del faro se apagó.

Tras una mañana en el hipódromo, la tarde la reservábamos para la primera playa….. En aquellos años eras la princesa del jardín de tu vida. Una rosa mucho más inocente que la que pocos años después mandarías hacer en tinta sobre tu piel. Con 20 otoños e inviernos, contabas con 21 primaveras y un recién estrenado verano. Al final de éste cumplirías el vigésimo segundo. La joven coqueta educada para seducir, te hizo sentir una de las vergüenzas que te acompañaría hasta nuestros días. Siempre lo quisiste esconder, con pantalón o falda larga. En bañador, un pareo. Pero siempre ocultas unas piernas que cuyo camino desembocaría en una cintura curvilínea, y ésta en lo más álgido de ti, tu voz acaramelada. En la cuna balanceada por la brisa del apellido que te regaló la primera playa de tu vida, junto a un peine para los cabellos acerados en tardes de intenso viento, te creías la dueña del mar. Con tu espejo, y el reflejo al infinito hacia donde los días acababan, pretendías robar todas las miradas posibles. Conseguirías que más de un galeón acabase hundido intentando conseguir el tesoro que hoy aún brilla en el fondo del azul del mar de tus ojos. Manteniendo el misterio y sin desvelar el plano que haría llegar al baúl de las recompensas, muchos piratas intentaron invadir la isla. Finalmente, fue un corsario de provincias de tu misma edad el que una noche de Julio clavaría su espada por primera vez para ambos en el montículo más elevado de la ínsula de la pasión. El acero frío de aquel instante honró en el recuerdo al apellido de la primera playa de tu vida.

El desembarco y posterior conquista duraría toda la noche. Sin experiencia en estrategias de invasión, sin saber con certeza porque la sangre recorría como aceite hirviendo cada una de las arterías de una parte de la ciudad que a falta de luz, el sudor de los cuerpos mezclado con la arena encendería una hoguera de sentimiento de propiedad de unos cuerpos desenfrenados. Ni la figura de María Cristina, testigo de acontecimientos históricos pudo resistirse a ennoblecerse tras aquella contienda. Definitivamente, Igüeldo Ondarreta sería el primer amor, y más recordado, de tu vida. De familia humilde, lo que más te gustó de él era su espíritu aventurero arriesgado. Ya no eran necesarios espejos, ni asaltar miradas. Tú única arma de seducción la poseía él tras la invasión. En aquellos días era el amo, dueño, señor y propietario de un, llamémosle por ponerle un nombre, tu amor. Todas las noches aliviabais la necesidad imberbe del deseo a pocos metros de la orilla. Cuerpos semidesnudos entrelazados corrigiendo cada uno de los fallos de un guión sin escribir. Juntos, aproximando confines inimaginables por la casualidad. Os entendíais a la perfección….. Pasión y deseo fueron los límites de aquel verano que tocaba a su fin. Sería el verano más corto que conocerías. A mediados de Agosto….. la última noche, la del 15 la recuerdas perfectamente. Tus piernas se estremecieron sintiéndose castigadas por el salitre que deja el deshonor cuando a la mañana siguiente, por envidia clandestina de una playa llena de furia y cólera, engulló entre un desconocido hasta entonces olaje de rencor a tu fiel amado. Se derrumbó el castillo de cada uno de los granos de arena que forjaban el acero de aquel peine.

La trágica pérdida de Igüeldo supuso un duelo que llegaría hasta nuestros días. Hoy que estamos en la parte más meridional de esta playa de tu vida, lloras desconsolada. Txubillo, repites una y otra vez en voz baja mientras los párpados de tus ojos cierran la ventana del último azul de aquel verano. La sombra y la despedida del apellido te acompañarían en el recuerdo. Era tu príncipe y como tal debía rendírsele honores en el palacio de tu corazón con vistas al mar, cerca de donde lo perdiste….. Aquella tarde, la princesa llega a su reino. La esclavitud del deseo la espera, pero ella permanece inerte. Su paseo triunfal convierte el rincón del castigo en mazmorra solitaria. El dolor de un jardín de amapolas muertas ensombrece la nobleza de la corte de un amor que pudo se verdadero. El aire se hace irrespirable, el príncipe ya no respira. “Tu príncipe ha muerto” repiten incesantemente las paredes del viejo palacio. La luz del faro se apagó y sólo se encendería cada 15 de Agosto como respeto a lo que pudo ser y nunca fue.

Hasta el día de hoy, tus piernas, las que enamoraron a Igüeldo, no te volverían a llevar a esta playa de la vida. Respetarían el pasadizo secreto bajo palacio por el que pasasteis cada madrugada hacia la ciudad, cada atardecer de vuelta hacia la pasión. Piernas, desde entonces enlutadas. Si tu príncipe no las podía ver, no serían admiradas por nadie más.

Ya de vuelta a la ciudad verde esmeralda, y después de un intenso día de recuerdos en el hipódromo de tu vida por la mañana y en esta playa por la tarde, empezamos a poner sentido a lo vivido. En este trayecto de una hora de distancia kilométrica y de años de sentimientos, analizaremos las competencias psicopersonales. Lo dejamos para el siguiente relato.

Fco. Javier Herrán Gamarra

Imagen tomada de freeimages

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Para citar este artículo:

Herrán Gamarra, Fco. Javier. (2018, 12 Septiembre). “Ondarreta. La sombra de un apellido”. www.psicoprevencion.com. Disponible en (12-09-2018): http://www.psicoprevencion.com/category/blog/

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